sábado, 12 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy comenzamos un ciclo de reflexiones sobre los dones del Espíritu Santo.
Ustedes saben que el Espíritu Santo constituye el alma, la linfa vital de la
Iglesia y de cada cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón la
morada y entra en comunión con nosotros. El Espíritu Santo siempre está con
nosotros, siempre está con nosotros, está en nuestro corazón.
El Espíritu mismo es "el don de Dios" por excelencia (cf. Jn 4,10),
es un regalo de Dios y a su vez comunica a quien lo recibe distintos dones espirituales.
La Iglesia identifica siete, un número que indica simbólicamente plenitud,
integridad; son aquellos que se aprenden en la preparación para el sacramento
de la Confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada
"Secuencia del Espíritu Santo". Los dones del Espíritu Santo son
sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de
Dios.
1. El primer don del Espíritu Santo, de acuerdo con esta lista, entonces es la
sabiduría. Pero no se trata meramente de la sabiduría humana, no, esta
sabiduría humana que es fruto del conocimiento y la experiencia. En las
Escrituras se relata que Salomón, en el momento de su coronación como rey de
Israel, había pedido el don de la sabiduría. He aquí que la sabiduría es
precisamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios, es
simplemente esto, es ver el mundo, ver las situaciones, las coyunturas, los
problemas con los ojos de Dios. Esta es la sabiduría. Algunas veces
nosotros vemos la cosa según nuestro gusto o según la situación de nuestro
corazón, con amor o con odio, con envidia. Y no, este no es el ojo de Dios. La
sabiduría es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros para que nosotros veamos
todas las cosas con los ojos de Dios. Es éste el don de la sabiduría.
2. Y obviamente que este don viene de la intimidad con Dios, de la relación
íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el padre. Y
el Espíritu Santo cuando tenemos esta relación nos da el don de la sabiduría. Y
cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si
transfigurase nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su
predilección.
3. El Espíritu Santo hace entonces al cristiano una persona "sabia".
Esto, sin embargo, no en el sentido de que tiene una respuesta para todo, que
lo sabe todo. Una persona sabia no tiene esto en el sentido de Dios, sino en el
sentido de que "sabe" de Dios, sabe cómo actúa Dios, conoce cuando
una cosa es de Dios y cuando no es de Dios; tiene esta sabiduría que Dios da a
nuestros corazones. El corazón del hombre sabio en este sentido tiene el gusto
y el sabor de Dios. ¡Y cuánto es importante que en nuestras comunidades haya
cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo hermoso
y vital de su presencia y de su amor. Y esta es una cosa que no podemos
improvisar, que no podemos obtener de nosotros mismos: es un don que Dios da a
los que se hacen dóciles al Espíritu Santo.
Y nosotros tenemos dentro, en nuestro corazón, al Espíritu Santo; podemos
escucharlo o, podemos no escucharlo. Si escuchamos al Espíritu Santo, Él nos
enseña este camino de la sabiduría, nos regala la sabiduría que es ver con los
ojos de Dios, sentir con los oídos de Dios, amar con el corazón de Dios, juzgar
las cosas con el juicio de Dios. Esta es la sabiduría que nos regala el
Espíritu Santo, y todos nosotros podemos tenerla. Sólo pídanla al Espíritu
Santo. Pero, piensen en una madre, en su casa, con los niños, que cuando uno
hace una cosa, el otro piensa otra, y la pobre madre va de un lado a otro, con
los problemas de los niños. Y, cuando las madres se cansan y gritan a sus hijos
¿esto es sabiduría? ¿Regañar a los niños -les pregunto - es sabiduría? Qué
dicen ustedes: ¿es sabiduría, o no? ¡No! En cambio, cuando la madre toma al
niño y lo regaña dulcemente y le dice: "Pero, esto no se hace, por eso...
", y se lo explica con tanta paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí!
Eso es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida, ¿eh? Luego, en el
matrimonio, por ejemplo, eh, los dos cónyuges -el marido y la mujer- se pelean
y luego no se miran o, si se miran, se miran con la mala cara: ¿esto es la
sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si se dice: "Va, ya pasó la tormenta,
hagamos las paces", y recomienzan a ir adelante en paz: ¿esto es sabiduría?
[La plaza: dice sí] Es éste: es el don de la sabiduría. Que venga a casa, para
estar con los niños, con todos nosotros! Y eso no se aprende: esto es un don
del Espíritu Santo. Para ello, tenemos que pedirle al Señor que nos dé el
Espíritu Santo y que nos dé el don de la sabiduría, de aquella sabiduría de
Dios que nos enseña a mirar con los ojos de Dios, a sentir con el corazón de
Dios, a hablar con las palabras de Dios. Y así, con esta sabiduría, vamos
adelante, construimos la familia, construimos la Iglesia y todos nos
santificamos. Pidamos hoy la gracia de la sabiduría. Y pidámosla a la Virgen,
que es la sede de la sabiduría, de este don: que Ella nos dé esta gracia.
Gracias.
domingo, 6 de abril de 2014
ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO,V Semana de Cuaresma 6 de Abril 2014
el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la resurrección de
Lázaro. Es el culmen de los “signos” prodigiosos realizados por Jesús: es un
gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los
sumos sacerdotes, los cuales, cuando supieron del hecho, tomaron la decisión de
matar a Jesús (Jn 11,53).
Después de la oración mariana del Ángelus el Papa dijo:
(Reza Ave María)
Lázaro había muerto desde hacía ya tres días cuando llegó Jesús, y a las
hermanas Marta y María, Él les dijo las palabras que se imprimieron para
siempre en la memoria de la comunidad cristiana, dice así Jesús: “Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel
que vive y cree en mí, no morirá eternamente. (Jn 11,25). Sobre esta la Palabra
del Señor nosotros creemos que la vida de quién cree en Jesús y sigue su
mandamiento, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e
inmortal. Como Jesús ha resucitado con su propio cuerpo, pero no ha vuelto a la
vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados
en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu
Santo, que lo ha resucitado a Él, resucitará también a quién está unido a Él.
Frente a la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús “gritó con gran voz:
‘¡Lázaro, salí afuera! El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas,
y el rostro envuelto con un sudario. (vv. 43-44). Este grito perentorio está
dirigido a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos
nosotros; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos “la
tengan en abundancia” (Jn 10,10). Cristo no se resigna a los sepulcros que nos
hemos construido con nuestras elecciones de mal y de muerte, con nuestros
errores, con nuestros pecados. ¡Él no se resigna a esto! Él nos invita, casi
nos ordena, que salgamos de la tumba en la cual nuestros pecados nos han
hundido. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la
que estamos encerrados, conformándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre.
“¡Salí afuera”!, nos dice. “¡Salí afuera”! Es una bella invitación a la
verdadera libertad. Dejémonos aferrar por estas palabras que Jesús hoy repite a
cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las “vendas”, de las
“vendas del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros
mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. Nuestra resurrección
comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a esta orden de Jesús saliendo a
la luz, a la vida; cuando de nuestro rostro caen las máscaras - tantas veces
nosotros estamos enmascarados por el pecado, ¡las máscaras deben caer! - y
nosotros encontramos el coraje de nuestro rostro original, creado a imagen y
semejanza de Dios.
El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la
fuerza de la Gracia de Dios, y por lo tanto, donde puede llegar nuestra
conversión, nuestro cambio. Pero escuchen bien: ¡no hay ningún límite a la
misericordia divina ofrecida a todos! ¡No hay ningún límite a la misericordia
divina ofrecida a todos! Acuérdense bien esta frase. Y podemos decirla todos
juntos: ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos!
Digámosla juntos: ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a
todos! El Señor está siempre listo para levantar la piedra tumbal de nuestros
pecados, que nos separa de Él, luz de los vivientes.
Queridos hermanos y hermanas:
Se llevará a cabo mañana en Ruanda la conmemoración del vigésimo aniversario
del inicio del genocidio perpetrado contra los tutsis en el 1994. Con esta
circunstancia deseo expresar mi cercanía paternal al pueblo ruandés, animándole
a continuar con determinación y esperanza, el proceso de reconciliación que ya
ha manifestado sus frutos, y el empeño de reconstruir humana y espiritualmente
el país. A todos les digo: ¡No tengan miedo! En la roca del Evangelio
construyan su sociedad, en el amor y en la concordia, ¡porque sólo así se
genera una paz duradera! Invoco sobre toda la querida nación de Ruanda a la
protección maternal de Nuestra Señora de Kibeho. Recuerdo con afecto a los
obispos ruandeses que han estado aquí, en el Vaticano, la semana pasada. Y a
todos los invito, ahora, a rezar a la Virgen Nuestra Señora de Kibeho.
Saludo a todos los peregrinos presentes, especialmente a los que participan
en el ‘Congreso del Movimiento de Compromiso Educativo de la Acción Católica
Italiana’. ¡Invertir en educación significa invertir en esperanza!
Saludo a los fieles de Madrid y Menorca; a aquellos de la Diócesis de
Concordia-Pordenone; el grupo brasileño "Fraternidad y Tráfico
Humano"; a los estudiantes de Canadá, Australia, Bélgica y a los de
Cartagena-Murcia; a los alpinos de Como y de Roma.
Saludo a los grupos de niños que han recibido o se están preparándose para
la Confirmación, los jóvenes de diferentes parroquias y los numerosos
estudiantes.
Han pasado exactamente cinco años del terremoto que azotó a L'Aquila y su
territorio. En este momento queremos unirnos con aquella comunidad que ha sufrido
tanto, que todavía sufre, lucha y espera, con mucha confianza en Dios y en la
Virgen María. Oremos por todas las víctimas: que vivan para siempre en la paz
del Señor. Y recemos por el camino de resurrección del pueblo de L'Aquila: la
solidaridad y el renacimiento espiritual, son la fuerza de la reconstrucción
material.
Recemos por las víctimas del virus del Ébola que se ha desarrollado en
Guinea y países vecinos. Que el Señor sostenga los esfuerzos para combatir el
inicio de esta epidemia y para asegurar cuidado y asistencia a todos los
necesitados.
Y ahora me gustaría hacer un simple gesto para ustedes. En los últimos
domingos he sugerido a todos ustedes que se hicieran con un pequeño Evangelio,
para llevar uno mismo durante el día para poder leerlo a menudo. Entonces me
acordé de la antigua tradición de la Iglesia, durante la Cuaresma, de entregar
el Evangelio a los catecúmenos, los que se preparan para el bautismo. Así que
hoy quiero darles a ustedes que están en Piazza –pero en un seño para todos- un
Evangelio de bolsillo. Será distribuido de forma gratuita. Hay lugares en la
plaza para esta distribución. Yo los veo: allí, allí, allí, allí.... Acérquense
a los lugares y tomen el Evangelio ¡Tómenlo, tómelo con usted, y léanlo cada
día: ¡es exactamente Jesús el que les habla allí! ¡Es la palabra de Jesús: esta
es la Palabra de Jesús!
Y como Él les digo: ¡gratuitamente han recibido, gratuitamente den! ¡Den el
mensaje del Evangelio! Pero a lo mejor alguno de ustedes non cree que esto sea
gratuito. “¿Pero cuando qué? ¿Cuánto debo pagar, Padre? Pero hagamos una cosa,
a cambio de este regalo, hagan un acto de caridad, un gesto de amor
desinteresado, una oración por los enemigos, una reconciliación de alguna
cosa... Hoy se puede leer el Evangelio con muchos instrumentos tecnológicos. Se
puede llevar la Biblia con uno mismo en un teléfono móvil, una tableta. Lo
importante es leer la Palabra de Dios, con todos los medios, pero leer la
Palabra de Dios: ¡es Jesús que nos habla allí! es acogerla con el corazón abierto.
¡Entonces la buena semilla da fruto!
¡Les deseo un buen domingo y buen almuerzo! ¡Hasta la vista!
domingo, 23 de marzo de 2014
ANGELUS DEL PAPA FRANCISCO,III Domingo de cuaresma
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy nos presenta el encuentro de Jesús con
la mujer samaritana, sucedido en Sicar, junto a un antiguo pozo donde la mujer
iba cada día, para sacar agua. Aquel día se encontró a Jesús, sentado,
“fatigado por el viaje” (Juan 4, 6). El inmediatamente le dice, “dame de beber”
(v 7, 7).
De este modo supera las barreras de hostilidad, que existían entre
judíos y samaritanos y rompe los esquemas del prejuicio en frente a las
mujeres. El simple pedido de Jesús es el inicio de un dialogo sincero, mediante
el cual Él, con gran delicadeza, entra en el mundo interior de una persona a la
cual, según los esquemas sociales, no tendría ni si quiera que haberle dirigido
la palabra. Jesús la pone frente a su realidad, no juzgándola sino haciéndola
sentir considerada reconocida, y suscitando asé en ella el deseo de ir más allá
de la rutina cotidiana.
Aquella de Jesús era una sed no tanto de agua, sino de
encontrar un alma sedienta. Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana
para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que
había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús
aquellas preguntas profundas que todos tenemos dentro, pero que muchas veces
ignoramos. ¡También nosotros tenemos tantas preguntas para hacer, pero no
encontramos el coraje de dirigirlas a Jesús! La Cuaresma es el tiempo oportuno
para mirarse adentro, para ser surgir nuestros deseos espirituales más
verdaderos y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la
samaritana nos invita a expresarnos así, “dame de esa agua así no tendré más
sed”.
El evangelio dice que los discípulos quedaron maravillados
de que su maestro hablara con esa mujer. Pero el Señor es más grande que los
prejuicios por eso no tiene temor de detenerse con la samaritana: la
misericordia es más grande que el prejuicio. El resultado de aquel encuentro
junto al pozo fue que la mujer fue transformada: “dejó su cántaro” (v 28) y
corre a la ciudad a contar su experiencia extraordinaria. Había ido a buscar
agua del pozo, y ha encontrado otra agua, el agua viva de la misericordia que
salta hasta la vida eterna. ¡Ha encontrado el agua que buscaba desde siempre!,
corre al pueblo, aquel pueblo que la juzgaba y la rechazaba, y anuncia que ha
encontrado al Mesías: uno que le ha cambiado la vida.
En este evangelio encontramos también nosotros el estímulo
para “dejar nuestro cántaro”, símbolo de todo lo que aparentemente es importante
pero que pierde valor frente al “amor de Dios”, que “ha estado derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5). Estamos
llamados a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana,
iniciada en el bautismo y como la samaritana, ha de dar testimonio a nuestros
hermanos, de la alegría del encuentro con Jesús y las maravillas que su amor,
realiza en nuestra existencia.
domingo, 16 de marzo de 2014
Ángelus del Papa Francisco, Domingo 16 de marzo 2014
Hoy, el Evangelio nos presenta el
evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la
primera, las tentaciones en el desierto, y la segunda: la Transfiguración.
Jesús «tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un
monte elevado» (Mt 17, 1). La montaña representa el lugar de la cercanía con
Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar ante la
presencia del Señor. Allá arriba en la montaña, Jesús se presenta a los tres
discípulos transfigurado, luminoso; y luego aparecen Moisés y Elías, conversando
con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus vestiduras tan blancas, que
Pedro queda deslumbrado hasta querer quedarse allí, casi como para detener ese
momento. Pero enseguida resuena desde lo alto la voz del Padre que proclama a
Jesús como su Hijo muy querido, diciendo: «Escúchenlo» (v. 5).
Es muy importante esta invitación
del Padre. Nosotros, los discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas
que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús,
tenemos que seguirlo, tal como hacían las multitudes en el Evangelio, que lo
reconocían por las calles de Palestina. Jesús no tenía una cátedra o un púlpito
fijos, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas a lo
largo de las calles, recorriendo distancias no siempre previsibles y, a veces
algo incómodas.
De este episodio de la
Transfiguración, quisiera señalar dos elementos significativos, que sintetizo
en dos palabras: subida y bajada. Tenemos necesidad de apartarnos en un espacio
de silencio - de subir a la montaña - para reencontrarnos con nosotros mismos y
percibir mejor la voz del Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro
con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y a
volver hacia abajo, a la llanura, donde nos encontramos con muchos hermanos
abrumados por fatigas, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos
hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a brindarles los
frutos de la experiencia que hemos vivido con Dios, compartiendo con ellos los
tesoros de la gracia recibida. Pero, si no hemos estado con Dios, si nuestro
corazón no ha sido consolado ¿cómo podremos consolar a otros?
Esta misión concierne a toda la
Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y
sacerdotes - llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de
Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y
pequeños, a los últimos. Pero para cumplir con alegría y disponibilidad esta
obra pastoral, los Obispos y los sacerdotes necesitan las oraciones de toda la
comunidad cristiana.
Dirijámonos ahora a nuestra Madre
María, y encomendémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el
itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a «subir» con la oración y a
«bajar» con la caridad fraterna.
miércoles, 5 de marzo de 2014
AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO, Miércoles de Ceniza, 5 de marzo de 2014
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, Miércoles de Ceniza, comienza el itinerario cuaresmal
de cuarenta días que nos conducirá al Triduo pascual, memoria de la pasión,
muerte y resurrección del Señor, corazón, centro del misterio de nuestra
salvación. Y la cuaresma nos prepara a este momento tan importante y por ello
la Cuaresma es un tiempo “fuerte”, un punto de viraje que puede favorecer en
cada uno de nosotros el cambio, la conversión, todos nosotros tenemos necesidad
de mejorar, de cambiar en positivo, y la cuaresma nos ayuda. Y así salimos de
los hábitos cansados y del perezoso acostumbrarse al mal que nos insidia. En el
tiempo cuaresmal la Iglesia nos dirige dos importantes invitaciones: tomar conciencia
más viva de la obra redentora de Cristo; vivir con mayor empeño el propio
Bautismo.
La conciencia de las maravillas que el Señor ha obrado por
nuestra salvación dispone nuestra mente y nuestro corazón a una actitud de
gratitud hacia Dios, por todo lo que Él nos ha donado, por todo aquello que
cumple a favor de su Pueblo y de la humanidad entera. De aquí parte nuestra
conversión: ella es la respuesta reconocida al misterio estupendo del amor de
Dios. Cuando nosotros vemos este amor que Dios tiene para nosotros, sentimos
las ganas de acercarnos a él y esta es la conversión.
Vivir el Bautismo hasta el fondo – esta es la segunda
invitación – significa no acostumbrarse a las situaciones de degrado y de
miseria que encontramos caminando por las calles de nuestras ciudades y de
nuestros países. Está el riesgo de aceptar pasivamente ciertos comportamientos
y de no sorprendernos frente a las tristes realidades que nos rodean. Nos
acostumbramos a la violencia, como si fuese una noticia cotidiana descontada; nos
acostumbramos a hermanos y hermanas que duermen en la calle, que no tienen un
techo para protegerse. Nos acostumbramos a los prófugos en busca de libertad y
dignidad, que no son acogidos como se debe. Nos acostumbramos a vivir en una
sociedad que pretende menospreciar a Dios, en la que los padres no enseñan más
a los hijos a rezar ni a hacerse la señal de la cruz. Yo les pregunto: sus
hijos, sus niños ¿saben hacerse el signo de la cruz? Piensen. ¿Sus nietos saben
hacerse el signo de la cruz? ¿Se lo han enseñado? Piensen y respóndanse en su
corazón. ¿Saben rezar el padrenuestro, saben rezar a la Virgen con el Avemaría?
Y respóndanse ustedes. Este acostumbrarse a comportamientos no cristianos y de
comodidad ¡nos narcotiza el corazón!
La Cuaresma nos llega como un momento providencial para
cambiar ruta, , para recuperar la capacidad de reaccionar ante la realidad del
mal que siempre nos desafía. La Cuaresma se debe vivir como tiempo de
conversión, de renovación personal y comunitaria a través del acercamiento a
Dios y de la adhesión confiada al Evangelio. De esta manera también nos permite
mirar con nuevos ojos a los hermanos y sus necesidades. Por ello la Cuaresma es
un tiempo propicio para convertirse al amor al prójimo; un amor que sepa hacer
propia la actitud de gratuidad y de misericordia del Señor, que «se hizo pobre
para enriquecernos con su pobreza» (cf. 2 Cor 8,9) . Meditando sobre los
misterios centrales de la fe, la pasión, la cruz y la resurrección de Cristo,
nos damos cuenta de que el don sin medida de la Redención se nos ha dado por la
iniciativa gratuita de Dios.
Acción de gracias a Dios por el misterio de su amor
crucificado; fe auténtica; conversión y apertura del corazón a los hermanos:
éstos son los elementos esenciales para vivir el tiempo de la Cuaresma. En este
camino, queremos invocar con especial confianza la protección y la ayuda de la
Virgen María: Que sea Ella, la primera creyente en Cristo, la que nos acompañe
en los días de intensa oración y de penitencia, para llegar a celebrar, purificados
y renovados en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo.
Gracias.
domingo, 2 de marzo de 2014
ÁNGELUS PAPA FRANCISCO,Domingo 2 de Marzo de 2014
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Al centro de la Liturgia de este
domingo encontramos una de las verdades más confortantes: la divina
Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno
de ternura: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de
sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré!” (49,15). Esta
invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del
Evangelio de Mateo: “Miren los pájaros del cielo –dice Jesús- ellos no siembran
ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el
cielo los alimenta.… Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin
fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su
gloria, se vistió como uno de ellos.” (Mt 6,26.28-29).
Pensando en tantas personas que
viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su
dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias.
¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede
servir a dos patrones: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para
sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios,
buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir
dignamente.
Un corazón ocupado por la furia
de poseer es un corazón vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces
a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad
en los bienes de este mundo. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más
espacio para la fe. Si en cambio se deja a Dios el lugar que le espera, o sea
el primer lugar, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a
ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como
demuestran tantos ejemplos, también recientes, en la historia de la Iglesia.
El camino que Jesús indica puede
parecer poco realista con respecto a la mentalidad común y a los problemas de
la crisis económica; pero, si pensamos bien, nos conduce a la escala justa de
valores. Él dice: “¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que
el vestido?” (Mt 6,25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el
vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos
hijos del Padre que está en el cielo y por lo tanto hermanos entre nosotros, y
nos comportemos consecuentemente. Lo recordé en el Mensaje para la Paz del 1 de
enero de este año: el camino para la paz es la fraternidad.
A la luz de la Palabra de Dios de
este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia.
A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad.
En particular, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos en vivir
con un estilo simple y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los
hermanos más necesitados.
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