viernes, 25 de diciembre de 2015

Bendición del Papa francisco," Urbi et Orbi"


Bendición Urbi et Orbi
Queridos hermanos y hermanas, feliz Navidad.

Cristo nos ha nacido, exultemos en el día de nuestra salvación.
Abramos nuestros corazones para recibir la gracia de este día, que es Él mismo: Jesús es el «día» luminoso que surgió en el horizonte de la humanidad. El día de la misericordia, en el cual Dios Padre ha revelado a la humanidad su inmensa ternura. Día de luz que disipa las tinieblas del miedo y de la angustia. Día de paz, en el que es posible encontrarse, dialogar, reconciliarse. Día de alegría: una «gran alegría» para los pequeños y los humildes, para todo el pueblo (cf. Lc 2,10).

En este día, ha nacido de la Virgen María Jesús, el Salvador. El pesebre nos muestra la «señal» que Dios nos ha dado: «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Como los pastores de Belén, también nosotros vamos a ver esta señal, este acontecimiento que cada año se renueva en la Iglesia. La Navidad es un acontecimiento que se renueva en cada familia, en cada parroquia, en cada comunidad que acoge el amor de Dios encarnado en Jesucristo. Como María, la Iglesia muestra a todos la «señal» de Dios: el niño que ella ha llevado en su seno y ha dado a luz, pero que es el Hijo del Altísimo, porque «proviene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Por eso es el Salvador, porque es el Cordero de Dios que toma sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29). Junto a los pastores, postrémonos ante el Cordero, adoremos la Bondad de Dios hecha carne, y dejemos que las lágrimas del arrepentimiento llenen nuestros ojos y laven nuestro corazón.

Sólo él, sólo él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de tantas formas de mal, a veces monstruosas, que el egoísmo genera en ella. La gracia de Dios puede convertir los corazones y abrir nuevas perspectivas para realidades humanamente insuperables.

Donde nace Dios, nace la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz. Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra. Sin embargo, precisamente allí donde el Hijo de Dios vino al mundo, continúan las tensiones y las violencias y la paz queda como un don que se debe pedir y construir. Que los israelíes y palestinos puedan retomar el diálogo directo y alcanzar un entendimiento que permita a los dos pueblos convivir en armonía, superando un conflicto que les enfrenta desde hace tanto tiempo, con graves consecuencias para toda la región.

Pidamos al Señor que el acuerdo alcanzado en el seno de las Naciones Unidas logre cuanto antes acallar el fragor de las armas en Siria y remediar la gravísima situación humanitaria de la población extenuada. Es igualmente urgente que el acuerdo sobre Libia encuentre el apoyo de todos, para que se superen las graves divisiones y violencias que afligen el país. Que toda la Comunidad internacional ponga su atención de manera unánime en que cesen las atrocidades que, tanto en estos países como también en Irak, Yemen y en el África subsahariana, causan todavía numerosas víctimas, provocan enormes sufrimientos y no respetan ni siquiera el patrimonio histórico y cultural de pueblos enteros. Quiero recordar también a cuantos han sido golpeados por los atroces actos terroristas, particularmente en las recientes masacres sucedidas en los cielos de Egipto, en Beirut, París, Bamako y Túnez.

Que el Niño Jesús les dé consuelo y fuerza a nuestros hermanos, perseguidos por causa de su fe en distintas partes del mundo.

Pidamos Paz y concordia para las queridas poblaciones de la República Democrática del Congo, de Burundi y del Sudán del Sur para que, mediante el diálogo, se refuerce el compromiso

común en vista de la edificación de sociedades civiles animadas por un sincero espíritu de reconciliación y de comprensión recíproca.
Que la Navidad lleve la verdadera paz también a Ucrania, ofrezca alivio a quienes padecen las consecuencias del conflicto e inspire la voluntad de llevar a término los acuerdos tomados, para restablecer la concordia en todo el país.
Que la alegría de este día ilumine los esfuerzos del pueblo colombiano para que, animado por la esperanza, continúe buscando con tesón la anhelada paz.
Donde nace Dios, nace la esperanza¸ y donde nace la esperanza, las personas encuentran la dignidad. Sin embargo, todavía hoy muchos hombres y mujeres son privados de su dignidad humana y, como el Niño Jesús, sufren el frío, la pobreza y el rechazo de los hombres. Que hoy llegue nuestra cercanía a los más indefensos, sobre todo a los niños soldado, a las mujeres que padecen violencia, a las víctimas de la trata de personas y del narcotráfico.
Que no falte nuestro consuelo a cuantos huyen de la miseria y de la guerra, viajando en condiciones muchas veces inhumanas y con serio peligro de su vida. Que sean recompensados con abundantes bendiciones todos aquellos, personas privadas o Estados, que trabajan con generosidad para socorrer y acoger a los numerosos emigrantes y refugiados, ayudándoles a construir un futuro digno para ellos y para sus seres queridos, y a integrarse dentro de las sociedades que los reciben.
Que en este día de fiesta, el Señor vuelva a dar esperanza a cuantos no tienen trabajo y sostenga el compromiso de quienes tienen responsabilidad públicas en el campo político y económico para que se empeñen en buscar el bien común y tutelar la dignidad toda vida humana.
Donde nace Dios, florece la misericordia. Este es el don más precioso que Dios nos da, particularmente en este año jubilar, en el que estamos llamados a descubrir la ternura que nuestro Padre celestial tiene con cada uno de nosotros. Que el Señor conceda, especialmente a los presos, la experiencia de su amor misericordioso que sana las heridas y vence el mal.
Y de este modo, hoy todos juntos exultemos en el día de nuestra salvación. Contemplando el portal de Belén, fijemos la mirada en los brazos de Jesús que nos muestran el abrazo misericordioso de Dios, mientras escuchamos el gemido del Niño que nos susurra: «Por mis hermanos y compañeros voy a decir: "La paz contigo"» (Sal 121 [122], 8).

domingo, 20 de diciembre de 2015

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de este Domingo de Adviento pone de relieve la figura de María. Lo vemos cuando, poco después de la concepción en la fe del Hijo de Dios, frente al largo viaje desde Nazaret de Galilea a las montañas de Judea para visitar a Isabel y ayuda. El ángel Gabriel le había dicho que su pariente anciano, que no tenía hijos, estaba en su sexto mes de embarazo (cf. Lc 1,26.36).Para ello la Virgen, que lleva un don y un misterio aún mayor, va a ver a Elizabeth y sus restos tres meses. En el encuentro entre las dos mujeres - imaginar: un viejo y el otro joven, que es joven, María, que primero saluda. 

El Evangelio dice: "entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel" (Lc 1,40). Y, después del saludo, Isabel se siente envuelto por una gran sorpresa - no se olvide de esta palabra: increíble. El asombro. Elizabeth se siente envuelto en gran asombro que resuena en sus palabras: "¿Qué tengo de que la madre de mi Señor venga a mí" (v 43).. Y se abrazan, besan, alegre, estas dos mujeres: los ancianos y los jóvenes, tanto en el embarazo.

Para celebrar la Navidad de una manera rentable, estamos llamados a vivir en los "lugares" de maravilla. ¿Y cuáles son esos lugares de maravilla en la vida cotidiana? Tres. La primera es la otra, en la que reconoce un hermano, porque cuando ocurrió el nacimiento de Jesús, todas las puertas rostro en relieve con la imagen del Hijo de Dios. Sobre todo cuando se trata de la cara de los pobres, porque Dios pobre entró en el y el mundo de los pobres, en primer lugar, que se deja a acercarse.

Otro lugar de maravilla - el segundo - en la que, si miramos con la fe, sólo preguntamos es historia. Así que muchas veces pensamos que vemos de la manera correcta, y en su lugar se arriesgan a leerlo al revés. Sucede, por ejemplo, cuando parece determinado por la economía de mercado, regulado por las finanzas y los negocios, dominado por los poderes fácticos. El Dios de la Navidad es más bien un Dios que "líos tarjetas": A él le gusta! Como María canta en el Magnificat, es el Señor echó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes, a los hambrientos llenó de cosas buenas y envía los ricos sin nada (cf. Lc 1,52-53). Esta es la segunda sorpresa, la maravilla de la historia.

Un tercio de la sorpresa es la Iglesia: mirarlo con la maravilla de la fe significa no sólo teniendo en cuenta sólo como una institución religiosa, es decir; pero siento como una madre que, a pesar de manchas y arrugas - tenemos tantos! - Revela las características de la amada novia y purificados por Cristo Nuestro Señor. Una Iglesia que reconoce los muchos signos de amor fiel que Dios les envía continuamente. Una Iglesia para que el Señor Jesús nunca será una posesión para guardar celosamente: los que hacen esto, ellos están equivocados; pero siempre el que viene a cumplir con la confianza y la alegría, expresando la esperanza del mundo. La Iglesia llama al Señor: "Ven, Señor Jesús!". La Iglesia madre que siempre tiene sus puertas abiertas y los brazos abiertos para dar la bienvenida a todos. De hecho, la madre Iglesia que sale de sus puertas para tratar de sonreír madre todo por la borda y llevarlos a la misericordia de Dios. Esta es la maravilla de la Navidad!

En Navidad, Dios nos da todo de sí mismo al dar su Hijo unigénito, es toda su alegría. Y sólo con el corazón de María, la hija humilde y pobre de Sión, se convirtió en la Madre del Hijo del Altísimo, puede Estad alegres y contentos por el gran don de Dios y por su impredecible sorpresa. Que ella nos ayude a percibir la maravilla - estas tres maravillas del otro, la historia y la Iglesia - para el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el don inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús también nos puso en esta gran maravilla. Pero no podemos tener esta increíble, no podemos encontrar a Jesús si no nos encontramos en el otro, en la historia y en la Iglesia.

Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas,
También hoy estoy feliz de convertir un pensamiento amada Siria, expresando su profundo agradecimiento por el acuerdo alcanzado simplemente por la comunidad internacional. Animo a todos a continuar con impulso generoso hasta el cese de la violencia y una solución negociada que conduce a la paz. Creo que también a la vecina Libia, donde el reciente compromiso entre las partes para un gobierno de unidad nacional exige esperanza para el futuro.

Me gustaría también apoyar los esfuerzos de colaboración que se llaman la Costa Rica y Nicaragua. Espero que un renovado espíritu de fraternidad fortalecerá aún más el diálogo y la cooperación mutua, así como entre todos los países de la Región. Mis pensamientos en este momento a la querida población de la India, recientemente afectadas por las graves inundaciones.Oramos por estos hermanos y hermanas que sufren a causa de este desastre, y nos encomendamos el alma de los difuntos a la misericordia de Dios. Te pedimos por todos estos hermanos de la India Ave María la Virgen.

martes, 8 de diciembre de 2015

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

 Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
La fiesta de hoy de la Inmaculada nos hace contemplar a la Virgen, que, por individual privilegio, ha sido preservada del pecado original desde su concepción. Aunque vivía en el mundo marcado por el pecado, no fue tocada: es nuestra hermana en el sufrimiento, pero no en el mal y ni en el pecado. Más bien, el mal en ella ha sido batido antes aún de tocarla, porque Dios la ha llenado de gracia (cfr Lc 1,28).

 La Inmaculada Concepción significa que María es la primera salvada de la infinita misericordia del Padre, tal primicia de la salvación que Dios quiere donar a cada hombre y mujer, en Cristo. Por esto la Inmaculada se ha convertido en icono sublime de la misericordia divina que ha vencido el pecado. Y nosotros, hoy, al inicio del Jubileo de la Misericordia, queremos mirar a este icono con amor confiado y contemplarla en todo su esplendor, imitándola en la fe.

  En la concepción inmaculada de María estamos invitados a reconocer la aurora del mundo nuevo, transformado por la obra salvadora del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La aurora de la nueva creación actuada por la divina misericordia. Por esto la Virgen María, nunca contagiada por el pecado está siempre llena de Dios, es madre de una humanidad nueva.

  Celebrar esta fiesta implica dos cosas: acoger plenamente Dios y su gracia misericordiosa en nuestra vida; transformarse a su vez en artífices de misericordia a través de un auténtico camino evangélico. La fiesta de la Inmaculada se transforma en la fiesta de todos nosotros si, con nuestros “si” cotidianos, conseguimos vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, a donarles esperanza, secando aquellas lágrimas y donando un  poco de alegría. A imitación de María, estamos llamados a transformarnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando en primer lugar a aquellos que son privilegiados a los ojos de Jesús: «porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver». (Mt 25, 35-36).

  La fiesta de hoy de la Inmaculada Concepción tiene un específico mensaje para comunicarnos: nos recuerda que nuestra vida es un don, todo es misericordia. La Virgen  Santa, primicia de los salvador, modelo de la Iglesia, esposa santa e inmaculada, amada por el Señor, nos ayude a redescubrir siempre más la misericordia divina como distintivo del cristianos. Esa es la palabra-síntesis del Evangelio. Es el tramo fundamental del rostro de Cristo: aquel rostro que nosotros reconocemos en los diversos aspectos de su existencia: cuando va al encuentro de todos, cuando sana a los enfermos, cuando se sienta en la mesa con los pecadores, y sobre todo cuando, clavado sobre la cruz, perdona; allí nosotros vemos el rostro de la misericordia divina.

 Por intercesión de María Inmaculada, la misericordia tome posesión de nuestros corazones y transforme toda nuestra vida.

Después del Ángelus
 Queridos hermanos y hermanas,
los saludo a todos con afecto, especialmente a las familias, a los grupos parroquiales y a las asociaciones. Dedico un pensamiento especial a los socios de la Acción Católica Italiana que hoy renuevan la adhesión a la Asociación: les deseo un buen camino de formación y de servicio, siempre animado por la oración. 

Esta tarde iré a Plaza de España, para rezar a los pies del monumento a la Inmaculada. Les pido que se unan espiritualmente a mí en esta peregrinación, que es un acto de devoción filial a María, Madre de Misericordia. A Ella confiaré la Iglesia y la humanidad entera y en modo particular a la ciudad de Roma. 

A todos les deseo una buena fiesta y un Año Santo rico de frutos, con la guía y la intercesión de nuestra Madre. ¡Por favor, pidan esto al Señor también por mí! ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

miércoles, 2 de diciembre de 2015

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO

"Queridos hermanos y hermanas: Hoy quiero hablarles de mi visita apostólica a Kenia, Uganda y la República Centroafricana, donde he tenido la alegría de llevar la palabra de esperanza de Jesús resucitado.

En Kenia, un País que representa bien el reto global de nuestra época, los animé a cuidar sus riqueza naturales y espirituales, constituidas por los recursos de la tierra, de las nuevas generaciones y de los valores que forman la sabiduría de los pueblos, para que sea justo, inclusivo y sostenible.

En Uganda, bajo la memoria de sus mártires, he constatado el testimonio de esperanza y el servicio en la caridad de tantos discípulos-misioneros que, no obstante las dificultades buscan vivir según el Evangelio.

En la República Centroafricana, corazón geográfico del continente, he querido abrir en la catedral de Bangui la primera Puerta Santa del Jubileo de la Misericordia, en donde hemos experimentado que el Señor esta con nosotros en la barca, es él quien la guía y a él hemos renovado el compromiso de seguirle. Él es nuestra esperanza, nuestra paz, rostro de la divina Misericordia.

Agradezco, una vez más, a las Autoridades civiles y a los Obispos de estas naciones su acogida, y doy las gracias a todos los que de diversos modos han colaborado.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos venidos de España y Latinoamérica. Invito a todos a dar gracias al Señor por este primer Viaje Apostólico a África, y a pedirle que de abundantes frutos y muchos misioneros. Muchas gracias".

miércoles, 18 de noviembre de 2015

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

"Queridos hermanos y hermanas, buenos días

Con esta reflexión hemos llegado a la puertas del Jubileo, ¡está cerca! Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, una bonita puerta, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta está generalmente abierta, pero nosotros debemos cruzar el umbral con valentía, cada uno de nosotros tiene detrás de sí cosas que pesan ¿o no? Todos somos pecadores, aprovechemos este momento que viene y crucemos el umbral de esta misericordia de Dios que nunca se cansa de perdonar, ¡entremos por esta puerta con valentía!

Del Sínodo de los obispos, que hemos celebrado el pasado mes de octubre, todas las familias, y toda la Iglesia, han recibido un gran estímulo para encontrarse en el umbral de esta puerta.

La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de los hijos y las hijas en camino, a veces incierto, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, llevando su bendición y su amistad. Y si la puerta Misericordia de Dios está siempre abierta, también las puertas de nuestras instituciones debe estar siempre abiertas para que así todos puedan salir a llevar la misericordia de Dios, esto significa el Jubileo, dejar entrar y salir al Señor. El Señor no fuerza nunca la puerta: también Él pide permiso para entrar, pide permiso, no fuerza la puerta, como dice el Libro del Apocalipsis: “Yo estoy a la puerta y llamo --imaginemos al Señor que llama a la puerta de nuestros corazón--. Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”  (3,20). Y en la última gran visión de este Libro, así se profetiza de la Ciudad de Dios: “Sus puertas no se cerrarán durante el día”, lo que significa para siempre, porque “no existirá la noche en ella” (21, 25). Hay sitios en el mundo en los que no se cierran las puertas con llave. Todavía los hay, pero hay muchos donde las puertas blindadas son normales. No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema que, también de seguridad, a toda  nuestra vida, a la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y tampoco a la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia que no es hospital, así como una familia cerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita al mundo. ¡Nada de puertas blindadas en la Iglesia, nada, todo abierto!

La gestión simbólica de las “puertas” --de los umbrales, de los caminos, de las fronteras-- se ha hecho crucial. La puerta debe custodiar, cierto, pero rechazar. La puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si afuera hay alguien que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. ¡Cuánta gente ha perdido la confianza, no tiene la valentía de llamar a la puerta de nuestro corazón cristiano, las puertas de nuestras iglesias, que están ahí! No tienen la valentía, les hemos quitado la confianza. Por favor, que esto no sucede nunca.

La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta necesita atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera expresar una palabra de agradecimiento para todos los vigilantes de las puertas: de nuestros edificios, de las instituciones cívicas, de las mismas iglesias. Muchas veces la sagacidad y la gentileza de la recepción son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y de acogida de la entera casa, ya desde la entrada. ¡Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son los guardianes de los lugares de encuentro y de acogida de ciudad del hombre!

A todos vosotros, custodios de tantas puertas, sean puertas de casas o puertas de iglesias, muchas gracias. Siempre con una sonrisa. siempre mostrando la acogida de esa casa, de esa iglesia, así la gente se siente feliz y acogida en ese lugar.

En verdad, sabemos bien que nosotros mismos somos los custodios y los siervos de la Puerta de Dios, y la puerta de Dios, ¿cómo se llama? ¿Quién sabe decirlo? ¿Quién es la puerta de Dios? Jesús. ¿Quién es la puerta de Dios? ¡Fuerte! Jesús. Él nos ilumina en todas las puertas de la vida, incluso aquella de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Él mismo ha afirmado: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento” (Jn 10, 9).

Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. ¡Porque el rebaño de Dios es un amparo, no una prisión! La casa de Dios es un amparo, no es una prisión. Y la puerta ¿se llama? ¡Otra vez! ¿Cómo se llama? Jesús.  Y si la puerta está cerrada decimos, ‘Señor abre la puerta’. Jesús es la puerta. Jesús es la puerta y nos hace entrar y salir.

Son los ladrones los que tratan de evitar la puerta. Es curioso, los ladrones tratan siempre de entrar por otra parte, la ventana, el techo, pero evitan la puerta porque tienen malas intenciones, y se meten en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas.
Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, somos salvados. Podemos entrar sin temor y salir sin peligro. En este hermoso discurso de Jesús, se habla también del guardián, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (Cfr. Jn 10,2).

Si el guardián escucha la voz del Pastor, entonces abre, y hace entrar a todas las ovejas que el Pastor trae, todas, incluso aquellas perdidas en el bosque, que el buen Pastor ha ido a buscarlas. A las ovejas no las elige el guardián, no las elige el secretario parroquial, o la secretaria de la parroquia, no, no las elige. Las ovejas son todas invitadas. Son elegidas por el buen Pastor.  El guardián --también él-- obedece a la voz del Pastor. Entonces, podemos bien decir que nosotros debemos ser como este guardián. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, la Iglesia es la portera, no es la dueña de la casa del Señor.
La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta en la cara, con la excusa que no eres de casa.

Con este espíritu estamos cerca, estamos todos cerca del Jubileo. Estará la Puerta Santa, pero está también la puerta de la gran Misericordia de Dios, y que exista también la puerta de nuestro corazón para recibir a todos, tanto para recibir el perdón de Dios como dar nuestro perdón y acoger a todos los que llaman a nuestra puerta".

domingo, 15 de noviembre de 2015

ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO

“Queridos hermanos y hermanas.
El evangelio de esta penúltimo domingo del año litúrgico nos propone una parte de las palabras de Jesús sobre los eventos últimos de la historia humana, orientada hacia el pleno cumplimiento del reino de Dios.

Es la prédica que Jesús hizo en Jerusalén antes de su última pascua. Eso contiene algunos elementos apocalípticos, como las guerras, carestías, catástrofes cósmicas. “El sol se oscurecerá, la luna no dará más su luz, las estrellas caerán del cielo y las potencias que están en el cielo serán trastornadas”.

Entretanto estos elementos no son la cosa esencial del mensaje. El núcleo central entorno al cual giran las palabras de Jesús es Él mismo, el misterio de su persona y de su muerte y resurrección, y su retorno al final de los tiempos. Nuestra meta final es el encuentro con el Señor resucitado.

Yo quisiera preguntarles cuántos piensan sobre ésto: 'Habrá un día que yo encontraré cara a cara al Señor'. Y esta es nuestra meta, nuestro encuentro.

Nosotros no esperamos un tiempo o un lugar, sino que vamos a encontrar a una persona: Jesús. Por lo tanto el problema no es 'cuando' sucederán los signos premonitores de los últimos tiempos, sino que nos encuentre preparados. Y no se trata tampoco de saber 'cómo' sucederán estas cosas, sino 'cómo' tenemos que comportarnos, hoy en la espera de éstos.

Estamos llamados a vivir el presente construyendo nuestro nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La parábola del higo que florece, como signo del verano que se acerca, dice que la perspectiva del final no nos distrae de la vida presente, sino que nos hace mirar hacia nuestros días actuales con una óptica de esperanza.

Esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeña de las virtudes pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran potencia y gloria!, y que esto manifiesta su amor crucificado y transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la cruz, la demostración que el sacrificio de sí mismos por amor del prójimo, a imitación de Cristo, es la única potencia victoriosa, el único punto firme en medio de los trastornos del mundo.

El Señor Jesús no es solo el punto de llegada de la peregrinación terrena, sino una presencia constante en nuestra vida: por ello cuando se habla del futuro, y nos proyectamos hacia ese, es siempre para reconducirnos al presente.

Él se opone a los falsos profetas, contra los videntes que prevén cercano el fin del mundo, contra el fatalismo. Èl está a nuestro lado, camina con nosotros, nos quiere mucho.
Quiere sustraer a sus discípulos de todas las épocas, de la curiosidad por las fechas, las previsiones, los horóscopos, y concentra su atención sobre el hoy de la historia.

Me gustaría preguntarles, pero no respondan, cada uno responda interiormente: ¿Cuántos entre nosotros leen el horóscopo del día? Cada uno se responda y cuando tengan ganas de leer el horóscopo, miren a Jesús que está con nosotros. Es mejor, nos hará mejor.

Esta presencia de Jesús nos llama, esto sí, a la espera y a la vigilancia que excluyen sea la impaciencia que de la modorra, como del escapar hacia adelante como de quedarnos prisioneros del tiempo actual y de la mundanidad.

También en nuestros días no faltan las calamidades naturales y morales, y tampoco las adversidades y dificultades de todo tipo. Todo pasa, nos recuerda el Señor, solamente su palabra queda como luz que mira y alivia nuestros pasos. Nos perdona siempre porque está a nuestro lado, sólo es necesario mirarlo y nos cambia el corazón. La Virgen María nos ayude a confiar en Jesús, el fundamento firme de nuestra vida, y a perseverar con alegría en su amor".

El atentado de París
"Queridos hermanos y hermanas, deseo expresar mi profundo dolor por los ataques terroristas que en la noche del viernes ensangrentaron Francia, causando numerosas víctimas.

Al presidente de la República de Francia y a todos sus ciudadanos indico la expresión de mi más profundo dolor. Estoy particularmente cercano de los familiares de los que han perdido la vida y a los heridos.

Tanta barbarie nos deja consternados y nos pide como pueda el corazón del hombre idear y realizar eventos tan horribles, que han trastornado no solamente Francia, pero a todo el mundo.

Delante de tales actos intolerables o se puede dejar de condenar la incalificable afrenta a la dignidad de la persona humana.

Quiero reafirmar con vigor que el camino de la violencia y del odio no resuelve los problemas de la humanidad. Y que "utilizar el nombre de Dios para justificar este camino es una blasfemia".

Les invito a unirse a mi oración: confiemos a la misericordia de Dios las víctimas inermes de esta tragedia. La Virgen María, Madre de misericordia, suscite en los corazones de todos pensamientos de sabiduría y propósitos de paz.

A ella le pedimos que nos proteja y vele por la querida nación francesa, la primera hija de la Iglesia, por Europa y por el mundo entero.

Recemos un poco en silencio y después, un Ave María. (instantes de silencio) Ave María..."

Beatificación de un sacerdote brasileño de origen africano
"Ayer en Tres Puntas, en el Estado de Minas Gerais, en Brasil, ha sido proclamado beato don Francisco de Paula Víctor, sacerdote brasileño de origen africano, hijo de una esclava. Párroco generoso y esmerado en la catequesis y en la administración de los sacramentos, se distinguió especialmente por su gran humildad.

Pueda su extraordinario testimonio ser modelo para tantos sacerdotes, llamados a ser humildes servidores del pueblo de Dios".

Saludos finales:
"Saludo a todos los presentes, familias, parroquias, asociaciones y a cada uno de los fieles que han venido desde Italia y desde tantas partes del mundo. En particular saludo a los peregrinos provenientes de Granada, Málaga, Valencia y Murcia (España). ¡Cuántos españoles!, San Salvador y Malta. A la asociación 'Accompagnatori Santuari Mariani nel Mondo' y al instituto secular 'Cristo Re'.

A todos les deseo un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mi. 'Buon pranzo e arrivederci'".

miércoles, 11 de noviembre de 2015

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO

"Queridos hermanos y hermanas, buenos días

Hoy reflexionamos sobre una cualidad característica de la vida familiar que se aprende desde los primeros años de vida: la convivialidad, es decir, la actitud de compartir los bienes de la vida y a estar felices de poder hacerlo. Pero compartir, saber compartir es una virtud preciosa. Su símbolo, su “icono”, es la familia reunida en torno a la mesa doméstica. El compartir la comida --y por tanto, además de la comida también los afectos, las historias, los eventos…-- es una experiencia fundamental. Cuando hay una fiesta, un cumpleaños, un aniversario, nos reunimos en torno a la mesa. El algunas culturas es costumbre hacerlo también para el luto, para estar cerca de quien vive el dolor por la pérdida de un familiar.

La convivialidad es un termómetro seguro para medir la salud de las relaciones: si en familia hay algo que no va bien o alguna herida escondida, en la mesa se entiende todo. Una familia que no come casi nunca junta, o en cuya mesa no se habla si no que se ve la televisión, o el smartphone, es una familia “poco familia”. Cuando los hijos en la mesa están pegados al ordenador, al móvil y no se escuchan entre ellos esto no es familia, es una pensión.

El Cristianismo tiene una especial vocación a la convivialidad, todos lo saben. El Señor Jesús enseñaba con gusto en la mesa, y presentaba algunas veces el reino de Dios como un banquete festivo. Jesús escogió la mesa también para entregar a sus discípulos su testamento espiritual, condensado en el gesto memorial de su Sacrificio: donación de su Cuerpo y de su Sangre como alimento y bebida de salvación, que nutren el amor verdadero y duradero.

En esta perspectiva, podemos decir que la familia es “de casa” a la misa, porque a la eucaristía lleva la propia experiencia de convivencia y la abre a la gracia de una convivialidad universal, del amor de Dios por el mundo. Participando en la eucaristía, la familia es purificada de la tentación de cerrarse en sí misma, fortalecida en el amor y en la fidelidad, y ensancha los confines de su propia fraternidad según el corazón de Cristo.
En nuestro tiempo, marcado por tantos cierres y demasiados muros, la convivialidad, generada por la familia y dilatada en la eucaristía, se convierte en una oportunidad crucial. La eucaristía y la familia que se nutren de ella pueden vencer los cierres y construir puentes de acogida y de caridad. Sí, la eucaristía de una Iglesia de familias, capaces de restituir a la comunidad la levadura activa de la convivialidad y de hospitalidad recíproca, es una escuela de inclusión humana que no teme confrontaciones. No existen pequeños, huérfanos, débiles, indefensos, heridos y desilusionados, desesperados y abandonados, que la convivialidad eucarística de las familias no pueda nutrir, restaurar, proteger y hospedar.

La memoria de las virtudes familiares nos ayuda a entender. Nosotros mismos hemos conocido, y todavía conocemos, qué milagros pueden suceder cuando una madre tiene una mirada de atención, servicio y cuidado por los hijos ajenos, además que a los propios. ¡Hasta ayer, bastaba una mamá para todos los niños del patio! Y además sabemos bien qué fuerza adquiere un pueblo cuyos padres están preparados para movilizarse para proteger a sus hijos de todos, porque consideran a los hijos un bien indivisible, que están felices y orgullosos de proteger.

Hoy, muchos contextos sociales ponen obstáculos a la convivialidad familiar. Es verdad, hoy no es fácil. Debemos encontrar la forma de recuperarla. En la mesa se habla. En la mesa se escucha. Nada silencio. Ese silencio que no es silencio de las monjas. Es el silencio del egoísmo. Cada uno a lo suyo, o a la televisión, o al ordenador y no se habla. Nada de silencio. Recuperar esa convivialidad familiar, aun adaptándola a los tiempos.

La convivialidad parece que se ha convertido en una cosa que se compra y se vende, pero así es otra cosa. Y la nutrición no es siempre el símbolo de un justo compartir de los bienes, capaz de alcanzar a quien no tiene ni pan ni afectos. En los países ricos somos impulsados a gastar en una nutrición excesiva, y luego gastamos de nuevo para remediar el exceso. Y este “negocio” insensato desvía nuestra atención del hambre verdadera, del cuerpo y del alma. Cuando no hay convivialidad hay egoísmo. Cada uno piensa en sí mismo. Es tanto así que la publicidad la ha reducido a un deseo de galletas y dulces. Mientras tanto, muchos hermanos y hermanas se quedan fuera de la mesa. ¡Es una vergüenza!
Miremos el misterio del banquete eucarístico. El Señor entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por todos. Realmente no existe división que pueda resistir a este Sacrificio de comunión; solo la actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de ello. Cualquier otra distancia no puede resistir al poder indefenso de este pan partido y de este vino derramado, sacramento del único Cuerpo del Señor. La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con la fuerza que incluye y que salva.


La familia cristiana mostrará precisamente así la amplitud de su verdadero horizonte, que es el horizonte de la Iglesia Madre de todos los hombres, de todos los abandonados y los excluidos, en todos los pueblos. Oremos para que esta convivialidad familiar pueda crecer y madurar en el tiempo de gracia del próximo Jubileo de la Misericordia".