domingo, 14 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO
En estos miércoles hemos reflexionado sobre la familia. Y
vamos adelante con este tema. Reflexionar sobre la familia. Y desde hoy
nuestras catequesis se abren con la reflexión de la consideración de las
vulnerabilidades que tiene la familia, en las condiciones de vida que la ponen
a prueba. La familia tiene muchos problemas que le ponen a prueba. Hoy
comenzaremos por una.
Una de estas pruebas es la pobreza. Pensemos en tantas
familias que pueblan las periferias de las megalópolis, también en las zonas
rurales… ¡Cuánta miseria, cuánto degrado! Y además, para agravar la situación,
en algunos lugares llega también la guerra. La guerra es siempre algo terrible.
Además golpea especialmente a las poblaciones civiles, las familias. Realmente
la guerra es la madre de todas las pobrezas, la guerra empobrece la familia.
Una gran depredadora de vidas, de almas, y de los afectos más sagrados y
más queridos.
A pesar de todo esto, hay muchas familias pobres que con
dignidad buscan conducir su vida cotidiana, a menudo confiando abiertamente en
la bendición de Dios. Esta lección, sin embargo, no debe justificar nuestra
indiferencia, ¡sino aumentar nuestra vergüenza! que haya tanta pobreza.
Es casi un milagro que, también en la pobreza, la familia continúa
formándose, e incluso que hasta conserve --como puede-- la humanidad especial
de sus uniones. El hecho irrita a esos planificadores del bienestar que
consideran los afectos, la generación, las uniones familiares, como una
variable secundaria de la calidad de vida. No entienden nada. Sin embargo,
tendremos que arrodillarnos delante de estas familias, que son una verdadera
escuela de humanidad que salva las sociedades de la barbarie.
¿Qué queda, entonces, si cedemos al chantaje de César y
Mammón, de la violencia y del dinero, y renunciamos también a los afectos
familiares? Una nueva ética civil llegará solamente cuando los responsables de
la vida pública reorganicen la unión social a partir de la lucha a la espiral
perversa entre familia y pobreza, que nos lleva al abismo.
La economía actual a menudo se ha especializado en el goce
del bienestar individual, pero practica ampliamente la explotación de las
uniones familiares. ¡Esta es una contradicción grave! ¡El inmenso trabajo de la
familia no aparece en los balances, naturalmente! De hecho, la economía y la
política son avaras en el reconocer esto. Además, la formación interior de la
persona y la circulación social de los afectos tienen precisamente allí su
pilar. Si lo quitas, se cae todo.
No es solo cuestión de pan. Hablamos de trabajo,
instrucción, sanidad. Es importante entender esto. Nos conmueve siempre cuando
vemos las imágenes de niños desnutridos y enfermos que se nos muestran en
tantas partes del mundo. Al mismo tiempo, nos conmueve también mucho la mirada
brillante de muchos niños, privados de todos, que están en escuelas hechas de
nada, cuando muestran con orgullo su lápiz y su cuaderno. ¡Y cómo miran con
amor a su maestro o su maestra! ¡Realmente los niños saben que el hombre no
vive solo de pan! También el afecto familiar está. Cuando hay miseria sufren
los niños porque ellos quieren el amor, la unión familiar.
Nosotros los cristianos tenemos que estar cada vez más cerca
de las familias que están a prueba por la pobreza. Pesemos todos si conocemos
a alguno. Papá sin trabajo, mamá sin trabajo. La familia sufre. Las
uniones se debilitan. Es feo esto. De hecho, la miseria social golpea la
familia y a veces la destroza. La falta o la pérdida de trabajo, o su fuerte
precariedad, inciden pesadamente sobre la vida familiar, poniendo a dura prueba
las relaciones. Las condiciones de vida de los barrios más desfavorecidos, con
problemas de vivienda y de transporte, como también la reducción de los
servicios sociales, sanitarios, escolares, causan más dificultades. A estos
factores materiales se añade el daño causado a la familia por los
pseudo-modelos, difundidos por los medios de comunicación basados en el
consumismo y el culto del aparentar, que afectan a las clases sociales más
pobres e incrementan la desintegración de las uniones familiares. Cuidar las
familias, cuidar el afecto, pero la miseria pone a prueba a la familia.
La Iglesia es madre, y no debe olvidar este drama de sus
hijos. También ella debe ser pobre, para hacerse fecunda y responder a tanta
miseria. Una Iglesia pobre es una Iglesia que practica une sencillez
voluntaria en la propia vida --en sus instituciones, en el estilo de vida de
sus miembros-- para abatir cada muro de separación, sobre todo de los pobres.
Es necesaria la oración y la acción. Recemos intensamente al Señor, que nos
sacuda, para hacer a nuestras familias cristianas protagonistas de esta
revolución de la proximidad familiar, que ahora es tan necesaria. De esta
proximidad familiar, desde el principio, está hecha la Iglesia. Y no olvidemos
que nuestro juicio sobre los necesitados, de los pequeños y de los pobres
anticipa al juicio de Dios. No olvidemos esto.
Y hagamos todo, todo lo que podamos para ayudar a las
familias a ir adelante en la prueba de la pobreza y la miseria, que golpean los
afectos y las uniones familiares.
Yo quisiera leer otra vez el texto de la Biblia que hemos
escuchado al principio. Y que cada uno de nosotros piense en las familias que
pasan por la prueba, que son probados por la miseria y la pobreza. La Biblia
dice así: “Hijo mío, no prives al pobre de su sustento ni hagas languidecer los
ojos del indigente” Pero pensemos cada palabra. “No hagas sufrir al que tiene
hambre ni irrites al que está en la miseria. No exasperes más aún al que está irritado
ni hagas esperar tu don al que lo necesita. No rechaces la súplica del afligido
ni apartes tu rostro del pobre. No apartes tus ojos del indigente ni des lugar
a que alguien te maldiga”. Porque esto será lo que haga el Señor, lo dice el
Evangelio, si no hacemos estas cosas.
Gracias".
miércoles, 20 de mayo de 2015
AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO
Pidamos a María que ayude a los católicos de China a
ser siempre testimonios creíbles en medio de su pueblo de este amor
misericordioso que ella tiene por su Hijo, y a vivir espiritualmente unidos a
la roca de Pedro sobre la que está construida la Iglesia. Esta ha sido la
invitación que el Santo Padre ha realizado este miércoles por la mañana en
la audiencia general recordando que, “el 24 de mayo los católicos de China
rezan con devoción a la Virgen María Auxilio de los Cristianos, venerada en el
santuario de Sheshan en Shanghai”. Así, Francisco ha indicado que “en la
estatua, arriba del Santuario, María carga a su Hijo, y lo presenta al mundo
con los brazos abiertos en gesto de amor y misericordia”.
Por otro lado, el Papa ha recordado también hoy, que la Conferencia
Episcopal Italiana ha propuesto que en las diócesis, en ocasión de la
Vigilia de Pentecostés de este sábado, se recuerde a los muchos hermanos y
hermanas exiliados o asesinados por el solo hecho de ser cristianos, "son
mártires". Por eso, “deseo que este momento de oración haga crecer la
conciencia de que la libertad religiosa es una derecho humano inalienable,
aumente la sensibilidad sobre el drama de los cristianos perseguidos en
nuestro tiempo y que se ponga fin a este crimen inaceptable”.
Como cada miércoles, el santo padre Francisco ha recorrido
la plaza de san Pedro en el papamóvil antes de comenzar la catequesis,
saludando a los fieles venidos de todas partes del mundo. Los allí presentes
manifestaban su entusiasmo al ver pasar al Pontífice agitando sus banderas y
gritando ¡Francisco, Francisco!
Durante el recorrido, el Papa ha intercambiado el solideo
con algunos que le acercaban entre el público presente. Los niños,
protagonistas absolutos en esta parte de la audiencia, han sido acercados hasta
el jeep descubierto y así recibían una caricia y una bendición del Papa.
Familias, jóvenes, niños grupos parroquiales, trabajadores; todos. Mientras
Francisco hacía su recorrido por la plaza, un grupo de niñas asiáticas,
vestidas con trajes tradicionales, tocaban campanas y otros instrumentos
de percusión llenando toda la plaza de esta música característica.
Esta mañana, el Pontífice ha proseguido con la serie de
catequesis sobre la familia, hoy ha reflexionado sobre la educación de los
hijos como vocación natural de la familia.
Así ha asegurado que “la alianza educativa está en crisis en
nuestros días, está rota. Los síntomas son muchos: por una parte hay
tensiones y desconfianza entre padres y educadores; por otra parte, cada vez
son más los ‘expertos’ que pretenden ocupar el papel de los padres
que quedan relegados a un segundo lugar”. Por eso el Papa ha indicado que
“es necesario favorecer la armonía, el diálogo y la colaboración entre los
diversos agentes de la educación. El papel de los padres es insustituible, solo
ellos pueden compensar algunos errores”. Sin embargo, ha proseguido “a veces se
encuentran paralizados por miedo a equivocarse, ante la complejidad de la vida
actual y las nuevas exigencias de sus hijos”.
De este modo, Francisco ha precisado que “la Iglesia está
llamada a acompañar la misión educativa de los padres, sobre todo con la luz de
la Palabra de Dios, que funda la familia sobre el amor. El mismo Jesús recibió
una educación familiar, que le ayudó a crecer en edad, sabiduría y gracia. Si
la educación familiar recobrara su protagonismo, muchas cosas cambiarían para
bien". Es hora de que los padres y las madres --ha concluido--
regresen de su exilio, y se impliquen plenamente en la educación de sus hijos.
A continuación, el Papa ha saludado a los peregrinos de
lengua española. En primer lugar al nuevo presidente del CELAM, el
cardenal arzobispo de Bogotá, Rubén Salazar, recientemente elegido en la
Asamblea y le ha deseado "¡buen trabajo!" También ha saludado a
los fieles de la archidiócesis de Toledo, acompañados por su pastor, monseñor
Braulio Rodríguez Plaza. "¿Saben hacer ruido ustedes eh?”, ha bromeado
al oirles gritar. También ha saludado a los demás grupos venidos “de
España, México, Argentina, Panamá, Chile y otros países latinoamericanos”.
Pidamos al Señor --ha exhortado-- que dé a los padres la confianza, la libertad
y el valor necesarios para cumplir fielmente su misión educativa.
Finalmente, ha dirigido unas palabras a los jóvenes, a los
enfermos y a los recién casados. Por eso ha recordado que hoy es la memoria
litúrgica de San Bernardino de Siena. De este modo ha deseado a los jóvenes que
el amor del santo por la ecuaristía les indique "la centralidad de
Dios en vuestra vida". También ha animado a los enfermos a "afrontar
con serenidad los momentos de sufrimiento" y a los recién casados a fundar
su familia "en el amor de Dios".
miércoles, 13 de mayo de 2015
AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA
La catequesis de hoy es como una puerta de entrada para una serie de
reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus
circunstancias. Sobre esta puerta de entrada están escritas tres palabras, que
ya he utilizado varias veces. Y estas palabras son: permiso, gracias,
perdón. De hecho, estas palabras abren el camino para vivir bien en la
familia. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas para poner en práctica.
Encierran una gran fuerza: la fuerza de cuidar la casa, también a través de
miles de dificultades y pruebas; sin embargo su falta, poco a poco abre grietas
que pueden incluso hacerla caer.
Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la
“buena educación”. Está bien. Una persona bien educada pide permiso, da las
gracias y pide perdón si se equivoca. Porque la buena educación es muy
importante. Un gran obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación
es ya mitad de santidad”. Pero, atención, en la historia hemos conocido también
un formalismo de las buenas maneras que se puede convertir en máscara que
esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir:
"Detrás de muchas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni
siquiera la religión es inmune a este riesgo, que desliza el cumplimiento
formal en la mundanidad espiritual.
El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras --pero
es realmente un señor, un caballero-- y cita las Sagradas Escrituras,
parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intento
es desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros sin embargo entendemos
la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones
está firmemente arraigado en el amor del bien y en el respeto del otro. La
familia vive de esta finura del querer bien.
La primera palabra es permiso. Cuando nos preocupamos
por pedir gentilmente eso que quizá creemos que merecemos, ponemos una
defensa real en el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en
la vida del otro, también cuando forma parte de nuestra vida, pide la
delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto.
La confianza no autoriza a dar todo por descontado. Y el amor, cuanto más
íntimo y profundo es, más exige el respeto de la libertad y la capacidad de
esperar que el otro abra la puerta de su corazón. A propósito de esto,
recordamos esa palabra de Jesús en el libro del apocalipsis: "Mira que
estoy en la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta,
yo iré con él, cenaré con él y él conmigo". ¡También el Señor pide permiso
para entrar! No lo olvidemos. Antes de hacer algo en la familia, ¿permiso?
¿puedo hacerlo? ¿te gusta que lo haga así? Ese lenguaje verdaderamente educado,
pero lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias.
La segunda palabra es gracias. Muchas veces podemos pensar
que nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y malas
palabras, como si fuera un signo de emancipación. Las escuchamos decir muchas
veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de dar las gracias son
vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza.
Esta tendencia se contrasta en el mismo seno de la familia.
Debemos ser intransigentes sobre la educación en la gratitud, en el
reconocimiento: la dignidad de las personas y la justicia social pasan ambas
por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo
perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la
fe: un cristiano que no sabe dar las gracias es uno que se ha olvidado del
lenguaje de Dios. ¡Escuchad bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es
uno que ha olvidado del lenguaje de Dios. ¡Es feo esto, eh!
Recordamos la pregunta de Jesús cuando sanó diez
leprosos y solo uno de ellos volvió para darle las gracias. Una vez escuché de
una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con esa sabiduría de
la piedad, de la vida… “La gratitud es una planta que crece solamente en la
tierra de las almas nobles”. Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el
alma que empuja a decir: Gracias a la gratitud. Es la flor de un alma noble.
Ésta es una algo bonito.
Y la tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, sí, pero
también necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se engrandecen ---aún sin
quererlo-- hasta convertirse en fosas profundas.
No por nada, en la oración enseñada por Jesús, el “Padre
nuestro” que resume todas las preguntas esenciales de nuestra vida, encontramos
esta expresión: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden". Reconocer haber faltado, y estar
deseoso de restituir lo que se ha quitado --respeto, sinceridad, amor-- nos hace
dignos del perdón. Y así se para la infección. Si no tenemos capacidad de pedir
perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no
se pide perdón empieza a faltar el aire, las aguas se estancan. Muchas heridas
de los afectos, muchas laceraciones en las familias comienzan con la pérdida de
esta palabra preciosa: perdón. En la vida matrimonial se pelea muchas veces,
también “vuelan los platos”, pero doy un consejo: no terminen el día sin
hacer las paces. Escuchad bien.
¿Habéis peleado marido y mujer? ¿Hijos con
padres? ¿Habéis peleado fuerte? No está bien pero no es el problema: el
problema es que este sentimiento no esté al día siguiente. Por eso, si han
peleado, no hay que terminar nunca el día sin hacer las paces en familia. ¿Y
cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño
gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia!
Sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces.
¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más
bella.
Estas tres palabras-clave de la familia son palabras
sencillas, y quizá en un primer momento nos hacen sonreír. Pero cuando las
olvidamos, no hay nada de que reír ¿verdad? Nuestra educación,
quizás, las descuida demasiado. El Señor nos ayude a volverlas a poner en el
lugar exacto, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra
convivencia civil. Y ahora invito a repetir todos juntos estas tres palabras:
“permiso, gracias, perdón”… ¡todos juntos! “permiso, gracias, perdón”. Son tres
palabras para entrar realmente en el amor de la familia, para que la familia
quede bien. Ahora, repetir ese consejo que he dado, todos juntos: nunca
terminar la jornada sin hacer las paces. Todos. “Nunca terminar la jornada sin
hacer las paces”. Gracias.
domingo, 10 de mayo de 2015
ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO
El Evangelio de hoy --Juan, capítulo 15-- nos conduce al
Cenáculo, donde escuchamos el mandamiento nuevo de Jesús, dice así: “Este es mi
mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Y,
pensando en el sacrificio de la cruz ya inminente, añade: “Nadie tiene un amor
más grande que éste: dar la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si
hacéis lo que yo os mando”. Estas palabras, pronunciadas durante la Última
Cena, resumen todo el mensaje de Jesús; es más, resumen todo lo que Él ha
hecho: Jesús dio la vida por sus amigos. Amigos que no le habían entendido, que
en el momento crucial le abandonaron, traicionaron y renegaron. Esto nos dice
que Él nos ama, a pesar de no merecer su amor. Así nos ama Jesús.
De esta manera, Jesús nos muestra el camino para seguirle,
el camino del amor. Su mandamiento no es un simple precepto, que siempre es
algo abstracto o ajeno a la vida. El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él
fue el primero en realizarlo, le dio carne, y así la ley del amor se escribe
una vez y para siempre en el corazón del hombre. Y ¿cómo está escrita? Está
escrita con el fuego del Espíritu Santo. Y con este mismo Espíritu, que Jesús
nos da, también podemos caminar nosotros por este camino.
Es un camino concreto, un camino que nos lleva a ir más allá
de nosotros mismos para llegar a los demás. Jesús nos enseñó que el amor de
Dios se realiza en el amor al prójimo. Los dos van juntos. Las páginas del
Evangelio están llenos de este amor: adultos y niños, cultos e ignorantes,
ricos y pobres, justos y pecadores, todos han tenido acogida en el corazón de
Cristo.
Por lo tanto, esta Palabra de Dios nos llama a amarnos los
unos a los otros, aunque no siempre nos entendamos, no siempre estemos de
acuerdo... pero es precisamente ahí donde se ve el amor cristiano. Una amor que
se manifiesta aunque haya diferencias de opinión o de carácter, pero el amor es
más grande que estas diferencias. Y este es el amor que nos enseñó Jesús. Es un
amor nuevo, porque está renovado por Jesús y su Espíritu. Es un amor redimido,
liberado del egoísmo. Un amor que da alegría a nuestro corazón, como Jesús
mismo dice: “Os he dicho estas cosas para que mi gozo esté en vosotros, y
vuestro gozo sea completo”.
Es precisamente el amor de Cristo, que el Espíritu Santo
derrama en nuestros corazones, el que cumple cada día prodigios en la Iglesia y
en el mundo. Son muchos pequeños y grandes gestos que obedecen el mandamiento
del Señor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Gestos pequeños,
de cada día, gestos de cercanía a un anciano, a un niño, a un enfermo, a una
persona sola y en dificultad, sin hogar, sin trabajo, inmigrante, refugiada...
Gracias a la fuerza de esta Palabra de Cristo, cada uno de nosotros puede ser
cercano al hermano y a la hermana que se encuentra. Gestos de cercanía, de
proximidad. En estos gestos se manifiesta el amor que Cristo nos enseñó.
Que nuestra Madre Santísima nos ayude, para que en la vida
cotidiana de cada uno de nosotros el amor a Dios y el amor al prójimo siempre
estén unidos.
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración
del Regina Coeli. Y al concluir la plegaria mariana, llegó el turno de los
saludos que tradicionalmente realiza el Papa:
Queridos hermanos y hermanas:
Saludo a todos ustedes, familias, grupos religiosos,
asociaciones y peregrinos provenientes de Italia y de muchas partes del mundo,
en particular de Madrid, de Puerto Rico y de Croacia. Saludo a los fieles de
Guidonia y Portici; a los grupos escolares de Carrara, Bitonto y Lecco. Un
pensamiento especial para los jóvenes de la diócesis de Orvieto-Todi,
acompañados por su pastor, monseñor Tuzia: ¡sean cristianos valientes y
testigos de esperanza!
Saludo al Cuerpo Forestal del Estado, que organiza la fiesta
nacional de las Reservas Naturales para el redescubrimiento y el respeto de las
bellezas de la creación; a los participantes en el congreso promovido por la
Conferencia Episcopal Italiana en apoyo de una escuela de calidad y abierta a
las familias; a la delegación de mujeres de la “Komen Italia”, una asociación
para la lucha contra los tumores del pecho; y a cuantos han participado en la
iniciativa a favor de la vida que tuvo lugar esta mañana en Roma: es importante
colaborar juntos para defender y promover la vida.
Francisco también quiso dedicar unas palabras de gratitud y
afecto a todas las madres:
Y, hablando de vida, hoy en muchos países se celebra el día
de la madre. Recordamos con gratitud y afecto a todas las madres. Ahora me
dirijo a las madres que están aquí en la Plaza. ¿Hay? ¿Sí? ¿Hay madres? ¡Un
aplauso para ellas, para las madres que están en la Plaza! Y que este aplauso
abrace a todas las madres, a todas nuestras queridas madres: aquellas que
viven con nosotros físicamente, y también aquellas que viven con nosotros
espiritualmente. Que el Señor las bendiga a todas, y que la Virgen, a quien
está dedicado este mes, las custodie.
Como de costumbre, el Pontífice concluyó su intervención
diciendo:
Les deseo a todos un buen domingo, un poco caluroso... Y por
favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
domingo, 3 de mayo de 2015
ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO
Queridos hermanos:
«El evangelio de hoy nos presenta a Jesús durante la Última
Cena en cuando sabe que la muerte está ya cerca. Ha llegado su hora. Por la
última vez Él está con sus discípulos, y entonces quiere imprimir bien en su
mente una verdad fundamental: también cuando Él no estará más físicamente en
medio de ellos, los apóstoles podrán quedarse aún unidos a Él de un modo nuevo,
y así traer mucho fruto. Y todos podemos estar unidos a Jesús en un modo
nuevo. ¿Y cómo es este modo nuevo?
Por el contrario si uno perdiera la comunión con Él, se
volvería estéril, o peor, dañino para la comunidad. ¿Cuál es el modo
nuevo?
Y para expresar esta realidad, Jesús usa la imagen de la vid
y de los sarmientos. Y dice así: “Así como el sarmiento no puede dar fruto
si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la
vid, ustedes los sarmientos”. (Gv 15, 4-5).
Y con esta figura nos enseña cómo quedarnos en Él, aunque no
esté físicamente presente. Jesús es la vid y a través de Él --como la
linfa en el árbol-- hace llegar a los sarmientos el amor mismo de Dios, el
Espíritu Santo. Es así: nosotros somos los sarmientos, y a través de esta
parábola, Jesús nos quiere hacer entender la importancia de estar unidos con
Él.
Los sarmientos no son autosuficientes, sino que dependen
totalmente de la vid, en la cual se encuentra el manantial de la vida de ellos.
Así es para nosotros los cristianos. Insertados con el bautismo en Cristo,
hemos recibido de Él gratuitamente el don de la vida nueva y podemos quedarnos
en comunión vital con Cristo.
Es necesario mantenerse fieles al bautismo y crecer en la
intimidad con el Señor mediante la oración, la escucha y la docilidad a su
palabra, la participación a los sacramentos, especialmente la eucaristía y la
reconciliación.
Si uno está íntimamente unido a Jesús, se beneficia de los
dones del Espíritu Santo que --como dice San Pablo-- son 'amor, alegría, paz,
magnanimidad, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí'. (Gal 5,22). Y
estos son los dones que nos vienen si permanecemos unidos a Jesús. Y como
consecuencia una persona que así unida hace tanto bien al prójimo y a la
sociedad, es una persona cristiana. De estas actitudes, de hecho se
reconoce que uno es cristiano, como de los frutos se reconoce el árbol.
Los frutos de esta unión con Jesús son maravillosos: toda
nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia,
voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque nosotros somos una unidad de
espíritu y cuerpo.
Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se vuelve
también la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las
cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros
hermanos, a partir de los más pobres y sufridores, como él lo ha hecho, y
amarlos con su corazón y llevar así al mundo frutos de bondad, de caridad
y de paz.
Cada uno de nosotros es un sarmiento de la única vid, y
todos juntos estamos llamados a llevar los frutos de este pertenencia común a
Cristo y a su Iglesia.
Confiémonos a la intercesión de la Virgen María, para que
podamos ser sarmientos vivos en la Iglesia y dar testimonio de manera coherente
de nuestra fe, coherencia de vida y de pensamiento, de vida y de fe;
conscientes de que todos, de acuerdo a nuestra vocación particular,
participamos a la única misión salvadora de Jesucristo, el Señor».
Oración del Regina Coeli.
Después de la oración el Papa saludó a los peregrinos
presentes. Recordó que ayer sábado “en Turín fue proclamado santo el beato
Luigi Bodrino, laico consagrado de la Congregación de San José Benedetto
Cottolengo, quien dedicó su vida a las personas enfermas y sufridoras, y se
dedicó sin detenerse hacia los más pobres, medicando y lavando sus llagas.
Agradezcamos al Señor por este humilde y generoso discípulo”.
Envió un saludo especial a la Asociación Meter, en la
Jornada de los niños víctimas de la violencia. Les agradezco por el empeño con
el que se dedican para prevenir estos crímenes. Todos tenemos que empeñarnos
para que cada persona humana, especialmente los niños, sean siempre defendidos
y protegidos”.
Saludó también “a todos los peregrinos presentes, que
realmente son tantos para nombrar a cada grupo”. Entre ellos nombró a los
provenientes de Madrid y Lugo. A las asociaciones y escuelas y a los jóvenes
que han recibido o recibirán la Confirmación.
“A todos les deseo un buen domingo. Por favor no se olviden
de rezar por mi”. Y concluyó con su conocido: 'Buon pranzo e arrivederci'.
viernes, 1 de mayo de 2015
“Día de la Madre”- Una Madre para todo
1. Para el amor: una madre.
Para el dolor: una madre.
Para crear y cuidar la vida: una madre.
Para la ternura y el regazo: una madre.
Para enjugar las lágrimas: una madre.
Para curar las heridas: una madre.
Para aguantar la cruz: una madre.
Para acompañar a un enfermo: una. madre.
Para dar paz al alma: una madre.
Para cuidar a un niño: una madre.
Para engendrar la vida: una madre.
Para la lucha generosa: una madre.
Para proteger la vida: una madre.
Para recibir a quien se alejó: una madre.
Para enseñar a rezar: una madre.
Para amar: los ojos, el corazón y las maños de una madre.
Para descansar: el regazo de una madre.
Para estar donde hace falta, y cuando hace falta: una madre.
Para callar y guardar los secretos del corazón: una madre.
Para aprender a esperar: una madre.
Para estar cuando el alma duele: una madre.
Para buscar al que se perdió: una madre.
Para comprender silencios y palabras: una madre.
Para todo: ahí está la madre.
- Danos, Señor, madres como María, tu Madre.
Madres que sepan decir sí a la verdad.
Madres que sepan sorprenderse del fruto de sus entrañas.
Madres que aprendan a ser madres.,
Madres que nos busquen, cuando nos perdemos.
Madres que nos miren, cuando dormimos.
Madres que nos mimen cuando sentimos frío.
Madres que nos dejen ser hijos.
Madres que sepan esperar y confiar
Madres que sepan callar.
Madres que sepan facilitar nuestra libertad.
Madre que sepan callar y amar siempre, siempre,
siempre.
Madres que sepan estar en segundo plano.
Madres que no se avergüencen nunca
de sus hijos.
Madres que sepan rezar y llorar por sus hijos.
Madres que sepan decir palabras bonitas, en los momentos
difíciles.
Madres que nos enseñen a amar y a amarte.
Madres que nos abran el corazón para vivir con
corazón.
Madres que nos acaricien, para aprender lo que es el
amor.
Madres que no esperen nada de sus hijos, para que nos
enseñen lo que es amar
Sí, Señor, danos madres que sean mujeres santas y
fuertes;
que sepan estar como María, al pie la cruz,
al pie de la vida de sus
hijos
P. Richard
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






